
HABLEMOS DE CINEEl boxeadorJuan José Lara Ovando. Hace apenas unos meses comentábamos acerca de la eficacia de una película de boxeadores, cuando se ciñe a la confrontación entre los golpes del hambre y el deseo de triunfar, la excelente Golpes del destino (Eastwood, 04). Hoy, nos enfrentamos en otro round a un boxeador que fue ícono de la sociedad norteamericana de los años de la Gran Depresión , que representaba la humildad y la pobreza de todos los que habían sido desfavorecidos por esa crisis. Se llamó Jim Braddock y no fue un boxeador cualquiera, sino un campeón mundial que se enfrentó a los más grandes pugilistas de la historia, entre ellos Max Baer y el bombardero de Detroit, Joe Louis, a quiénes venció. Jim Braddock es el personaje estelar de la película El luchador , la cinta más reciente del versátil y cómodo director Ron Howard, estelarizada por el vitalista actor australiano Russell Crowe. Ambos, director y actor, son muy reconocidos y premiados, de hecho ya habían trabajado juntos en otra biografía dramática, Una mente brillante (01), con la que se llevaron los premios Oscar de ese año. Por lo que ahora, con El luchador , forman una suerte de díptico, ya que en una la principal arma del individuo contra las adversidades es la capacidad intelectual y en la otra, lo es la fuerza física. Con cierta distancia a la profundidad interior que mueve a los personajes de Golpes del destino , la película El luchador se mueve más en el ámbito del típico drama hollywoodense, que da un sentido ligero a los personajes y busca un final feliz, evitando un golpe cruel con la realidad. Nuestra cinta adquiere tonos de espectacularidad y final de cuento de hadas, al narrar la capacidad individual para sobreponerse a todos los contratiempos y con todas las desventajas, impulsado por su esfuerzo y empeño. De esa forma, el querido Braddock después de ser una promesa que noqueaba a todos sus adversarios con su potente derecha en menos de 5 minutos y que llegó a exhibir una situación económica sólida, así como una vida personal feliz con su esposa y sus pequeños hijos, hacia 1928, en pocos meses, todo se derrumbó debido a una lesión en la mano derecha en un combate y desde luego, la Depresión en la que perdió su compañía de taxis y sus inversiones en la bolsa de valores de Nueva York. A partir de eso, tuvo que trabajar en los muelles de Nueva Jersey, aguanto hambre y hasta pidió limosna. Tocaría fondo cuando ya no tenía nada por vender o empeñar, le cortaron la luz por falta de pago, ya nadie le fiaba los alimentos y hasta le revocaron la licencia para pelear. Entre 1943 y 1935 todo volvió a cambiar, ya que gracias a una cancelación tuvo otra oportunidad de pelear. Con su mano derecha ya recuperada y la izquierda fortalecida, porque como cargador era la única que utilizaba, tuvo un retorno insólito, derrotó a 3 contendientes de primera línea y se convirtió en el rival obligado para disputar el título de los pesados a Max Baer. Su victoria, en junio de 1935, implica su alejamiento de la pobreza pero también significó la alegría de una nación empobrecida, que se sentía representada por él y lo había convertido en ídolo. También coincide, su periodo de campeón mundial con los años en que se empieza a superar la Depresión. Las virtudes de esta película es que reboza energía y esperanza aún en medio de ese deporte-negocio que es el boxeo. Ello se debe a la manera astutamente graduada con que el director narra la historia combinando amor y desesperación con un retrato de la crisis del 29. La película está bellamente fotografiada por Salvadore Totino y bien ambientada en las filas de desocupados, las multitudes que pujan por empleos, la humillación de pedir limosna e incluso la ironía de una canción de fondo del gran Eddie Cantor, que anuncia que cierran los bancos y ya casi no quedan borrachos porque ya no hay dinero ni para alcohol. Toda esa labor se debe a la eficacia del director, que sabe por donde llegar al público y utilizar muy bien a sus actores, ya que además de Crowe, aparece el genial Paul Giamatti, como el manager Joe Gould, y Craig Bierko que hace un Max Baer sádico y camorrista. También es estelar Renée Zellwegger, pero en esta ocasión esta un poco fuera de lugar, parece más una muñequita de lujo que la sacrificada esposa. Una película bien hecha, un producto eficaz que evita la pedantería y el aburrimiento, al grado de llegar a emocionar, pero muy alejada de un estilo grande, incluso tal vez hasta quede un poco alejada de las nominaciones al Oscar. |
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